Hay películas que se ven y películas que se atraviesan. La Odisea de Christopher Nolan, para mí, fue de las segundas. Me pareció una obra maestra. No salí de la sala pensando en la técnica ni el espectáculo. Salí con la cabeza llena de imágenes que no eran de la película: eran mías. Las veces que me quedé donde estaba cómoda. Las veces que herí a alguien que ya estaba caído. Las decisiones que tomé creyéndome ingeniosa y que terminaron atrapándome en una espiral que no elegí.
Así que esto no es una reseña de cine. Es lo que la película despertó en mí. Escena por escena, tal como lo fui sintiendo.
Un aviso: voy a hablar de casi todo. Si no la has visto, guárdame para después.
Dos actuaciones que me conquistaron sin proponérselo
Voy a confesar algo antes de entrar a las escenas. Ni Matt Damon ni Robert Pattinson son actores de mi especial agrado. Y sin embargo, en esta película los dos me conquistaron, cada uno por un camino distinto.
Pattinson llega a ser repulsivo. Y lo digo como el mayor elogio posible, porque su personaje necesita exactamente eso: que lo mires y sientas rechazo. Cuando un actor logra que su presencia te incomode a propósito, es que entendió al personaje mejor que nadie.
Damon es el que más me sorprendió. Me conquistó con esa seguridad en sí mismo que, en su época de gloria como rey de Ítaca, nunca llega a ser soberbia desmedida: es firme, pero no insoportable. Y lo hermoso es verlo cambiar. A lo largo del viaje, esa seguridad se va agrietando, poco a poco se va rompiendo, y en cada grieta Odiseo va reconociendo que existe otro lado de sí mismo, uno que no conocía o que no quería mirar. Ver a un actor sostener ese arco completo —del rey seguro al hombre quebrado que se descubre— es lo que hace que toda la película se sienta como una sola respiración.
El cíclope: volver a herir al que ya está indefenso
La isla del cíclope. El ingenio para salir de ahí. Dejarlo ciego no fue suficiente. Eso es lo que no me suelta: ya habían salido de la cueva, ya estaban a salvo… y Odiseo lo vuelve a herir. Le clava una flecha más al ojo que ya no ve. No hacía falta. No había ninguna razón.
Y ahí está, para mí, algo muy nuestro y muy incómodo. Muchas veces, quizá por inmadurez, quizá por soberbia, nos volvemos a levantar contra el que nos atemorizaba, pero que ahora está indefenso, y lo lastimamos igual. El otro ya no es peligro. Y aun así necesitamos golpearlo. Ese disparo de más no habla del cíclope. Habla de Odiseo. Habla de nosotros cuando ganar no nos basta y encima queremos humillar.
Y la película es sabia, porque hace del monstruo algo casi tierno en su dolor: cuando queda ciego y se retuerce, parece más un niño herido que una bestia vencida. Nos obliga a incomodarnos con la crueldad de nuestro propio héroe. No es casual: es la primera vez que vemos quién es Odiseo de verdad. Ingenioso, sí. Pero también implacable.
Los gigantes: ¿con qué intención damos nuestros pasos?
Luego, la isla de los hombres grandes, con armadura de hierro. Odiseo y los suyos llegan en son de paz. Pero descubren que a quien le están hablando es solo un niño. Un niño gigante. Y ese encuentro lo desata todo: aparece la legión entera, y lo que sigue deja a los hombres conmocionados, dudando por primera vez de su líder.
Aquí me quedo con una pregunta que no me suelta: ¿con qué intención dirigimos nuestros pasos? Porque a veces el desastre no nace de la mala intención, sino de entrar sin medir a un terreno que no es el nuestro. Pero hay algo más, y es hermoso y terrible a la vez: estos gigantes, como el cíclope, son hijos del mar. Su furia es parte del castigo por lo que Odiseo hizo antes. Es decir, lo que hicimos vuelve. La flecha de más se paga. No hay acto sin eco.
Y me parece justo que sea aquí donde los hombres empiezan a dudar de él. Porque el que se cree infalible tarde o temprano choca con las consecuencias de su propia sombra. Y casi siempre son los demás los primeros en verlas.
Circe: la bestia que asoma, y la soledad que revela
Circe, la hechicera que convierte a los hombres en cerdos. Aquí la relación es obvia: el hombre, cuando cae en sus instintos y nubla la razón, termina convertido en un animal, en una bestia. No es casual que sean cerdos, el animal del apetito puro, del que solo consume. Ella no los transforma en algo ajeno. Les muestra en qué se convierten cuando se suelta el freno de la conciencia.
Pero lo que más me tocó pasa antes. Justo antes del encuentro con la hechicera, los hombres le piden a Odiseo que no participe de esa expedición, y lo obligan a quedarse. Ser apartado duele como rechazo, pero ahí hay otra cosa: solo quien acepta no pertenecer a la banalidad del grupo, y transita su soledad en vez de huir de ella, accede a una verdad que la multitud no alcanza a ver. Cuando uno es rechazado, o dejado fuera de lugar de la «banalidad» del ser humano, primero tiene que aceptar que su modo de ser y de actuar no es del agrado del resto. Primero: aceptarlo. Después: transitar esa soledad. Y es eso mismo lo que me permite descubrir una verdad que antes no veía.
La soledad no como castigo, sino como la condición de la revelación. Solo apartándonos del ruido del grupo vemos ciertas cosas. Lo que al principio duele como rechazo termina siendo el lugar desde donde se ve lo que la multitud no alcanza a mirar.
Las sirenas: la victoria y la pérdida en el mismo instante
Las sirenas. Odiseo y su anhelo de escuchar su canto para convertirse en el primer hombre en salir vivo después de haberlas oído. Se hace atar al mástil. Y cuando llega el canto, no vemos placer: lo vemos gritar, lo vemos llorar.
Para mí eso habla del sacrificio que hacemos cuando decidimos hacer algo que hasta entonces no habíamos hecho. No importa el dolor: se vive con la convicción de salir airoso y más experimentado. Y sí, lo consigue. Pero ¿a qué costo? Porque yo creo que ahí Odiseo ya se fracturó. Él mismo lo dice cuando le relata a uno de sus hombres cómo sintió todo lo que anhelaba y cómo lo perdió también, al mismo tiempo.
Eso son las sirenas para mí: la representación de los extremos. La victoria y el placer, la pérdida y el dolor, todo a la vez. Sentir lo más anhelado y perderlo en el mismo instante. Porque hay experiencias que uno «gana», de las que sale más experimentado, sí… pero de las que no vuelve entero. Odiseo sobrevive al canto. Pero algo en él quedó roto para siempre.
Calipso: la comodidad no nos secuestra, nos seduce
Cuando está con Calipso, Odiseo a ratos nos parece sentirse atrapado. Pero cuando empieza a recordar, ella le da a entender algo que me rompió: es que ella no lo retuvo. Que solo lo cuidó, física y mentalmente. Que él fue el que se quedó y que en esa estancia ellos han sido felices.
El episodio de Calipso es quizás el más engañoso y el más honesto de toda la película. Ella no es una carcelera: es la comodidad hecha diosa. Y su golpe más certero es recordarle a Odiseo que nadie lo encadenó, que fue él quien se quedó. Ahí Nolan toca una verdad que incomoda: la zona de confort no nos secuestra, nos seduce. Vivimos días plácidos, disfrutando el día a día, hasta que el alma recuerda que traía un pendiente, un hogar, un propósito. Odiseo empieza a recordar Ítaca, y ese recuerdo es lo que rompe el hechizo. El regreso no empieza cuando Odiseo escapa, sino cuando vuelve a recordar quién era.
Y lo más difícil es que Calipso tiene razón. Ellos sí fueron felices. No es mentira. Por eso partir es tan valiente: no está dejando algo malo, está dejando algo bueno para ir tras algo que siente más verdadero. Y renunciar a lo bueno siempre duele más que huir de lo malo. Dejar lo cómodo no duele a pesar de ser bueno; duele justamente porque lo era.
Telémaco: nadie nace en la cima
¿Por qué Telémaco solo pelea con un simple sirviente al final, mientras su padre debe luchar con todos los pretendientes? Al principio parece un desperdicio del personaje. Pero yo lo leo al revés.
Él es el sucesor. Debe convertirse en rey. Y sí, le enseñaron a pelear, y ya hizo su propio viaje y tuvo sus aventuras. Pero no tiene suficiente experiencia todavía. Mientras Odiseo, con veinte años de trayectoria a cuestas, se ha ganado la gran batalla, su hijo apenas inicia el camino. Y cuando toca iniciar el propio camino, el que está ligado al propósito, uno debe aceptar que la grandeza viene de abajo, y que el escenario, la tribuna, se le da a quien ya trae una trayectoria. Por eso su padre pelea la gran batalla al final, y él no.
Y hay un detalle que para mí no es menor: Telémaco pelea casi sin armas, con lo que encuentra a mano, como un niño que agarra jarrones para lanzarlos por la cabeza. No finge una destreza que no tiene: pelea con lo que tiene y con lo que entiende. Y ahí está el acierto, porque nadie nace en la cima. Su lucha, vista en la peli, no es la gran cosa. Pero es suficiente para abrirse al camino de la experiencia, respetando al rey y respetando su propio proceso.
Y quiero dejar clara una cosa: Telémaco no acompaña a su padre en la batalla final no porque no le importe, ni solo por no caer en el exilio —que en parte también—, sino sobre todo porque esa nunca fue su pelea. La batalla grande no era suya todavía, y no por falta de valor, sino porque cada quien tiene que respetar su tiempo. Adelantarse a la etapa que no nos toca no es grandeza, es prisa. Hay una sabiduría enorme en quien acepta dónde está parado sin fingir estar más adelante. Reconocerlo no lo empequeñece: lo ubica. La corona llega igual. Pero llega en su orden.
Sinón y Antínoo: la vergüenza y la victoria
Creo que hay algo también con Sinón, el personaje con el que inicia la película. Sinón es un joven honesto de Ítaca al que Odiseo engaña para que muestre el caballo a los troyanos, creyéndolo una ofrenda de paz. Muere por eso: es el primero en morir en pantalla. Y detrás hay una herida: el padre de Antínoo manipuló el sorteo para que sea Sinón quien fuera a la guerra en lugar de su hijo, con la promesa de pagarle a su familia. Promesa que nunca se cumplió.
Al final, cuando Odiseo se reencuentra con Sinón en el Hades, este le reclama por haberlo hecho engañar sin saberlo, y le encarga devolverle a Antínoo un tótem que le recuerde su cobardía. Y ahí veo la simetría. Antínoo representa esa parte baja del hombre: la débil, la que se escuda en el resto y se aprovecha de su posición o su condición. Es la cara de la vergüenza. Y Sinón, que cargó su destino sin pasárselo a nadie, es su opuesto: termina, en parte, del lado de la victoria. Dos formas de estar frente al miedo: quien lo transfiere a otro para salvarse, y quien lo sostiene.
El cierre es demoledor: tras vencer a los pretendientes, Odiseo le pone el tótem en la boca a Antínoo y lo atraviesa, para que cargue su vergüenza hasta el Hades. Nolan invierte el mito, donde Antínoo muere primero. Aquí muere el último, humillado, cargando lo que fue.
Troya, el mendigo y Penélope: el error como camino
Y llegamos al corazón de la película. Cuando Odiseo regresa y habla con Penélope haciéndose pasar por mendigo, le relata la guerra de Troya casi en tercera persona, como si le hubiera pasado a otro. Y hay un monólogo que me hizo pedazos: cómo al final terminan (o empiezan, según se vea) destruyendo la relación con los dioses, y cómo en el momento de llegar a Troya y abrir la puerta para la venganza, en realidad abrieron la puerta a diez años de dolor. Diez años que fueron un error. Diez años de tiempo que no regresó.
Y aquí me hago la pregunta que sostiene todo: ¿quién era Odiseo cuando planteó la idea de vengar lo de Helena? Porque fue su propia astucia la que urdió el juramento que arrastró a todos a la guerra. El hombre que diseñó la trampa es el mismo que, veinte años después, carga con haber abierto esa puerta. Su ingenio, lo que lo definía, es también su herida.
Creo que es en la destrucción donde algo se rompe en él, y para siempre. Esa escena maravillosa de Atenea hecha carne, una joven sacerdotisa en su templo, sujetada por sus hombres mientras Odiseo observa. Y en el mismo instante, un espadazo le vuela la cabeza a la estatua de Atenea. La mujer y la diosa caen a la vez, como si fueran una sola. Ahí Odiseo empieza a entender que tal vez todo fue un error, que quizá esa destrucción no era necesaria. Y algo se quiebra en él que ya no tiene vuelta atrás: desde ese momento, cada vez que la sabiduría se le aparece, lo hace con el rostro de la mujer que mató. Su culpa queda grabada en su forma de ver.
Muchas veces tomamos decisiones que nos destruyen no solo a nosotros, sino también a nuestro entorno. Pero yo me quedo con el proceso personal: esa decisión que parece haber destruido todo lo que sentía y sabía que estaba bien. Ahí inicia y termina, para mí, el viaje de Odiseo. Porque ahí se produce la rotura interior, y con ella el despertar del alma, de su conciencia. Porque no hay consciencia sin ese quiebre. La sabiduría se revela recién cuando el hombre acepta el error; y no es casual que la diosa de la sabiduría lo acompañe desde entonces con la cara de su culpa. Antes, cuando todavía se creía en lo cierto, no habría podido mirarla así.
Y por eso vuelve como mendigo. Wow. ¿Por qué de mendigo? Obvio: porque el ego está disminuido, menoscabado, en el buen sentido. Doblegado por la experiencia, por una decisión postrera. El ego que un día ideó la guerra vuelve doblegado, despojado, por fin capaz de ver. El rey astuto que todo lo controlaba vuelve sin corona, sin brillo, molido por sus propias decisiones.
Y Penélope, en ese momento, representa para mí el alma que le clama a su pareja (a su carne) que regrese: en cordura, en conciencia, en emoción, en forma física, para juntos ser propósito. Penélope es más que la esposa que espera: es el alma que llama al hombre a volver en cuerpo, en cordura y en consciencia. Y esa es quizá la tesis de Nolan: el propósito del hombre solo se completa cuando atraviesa —no cuando evita— la decisión que lo destruyó. Y como mendigo retornamos a Penélope, al alma, para decirle: aquí estoy, te veo, y voy contigo porque ya cumplimos. Las malas decisiones eran parte de mi viaje, de mi proceso, para moldearme. Para entender que cada sufrimiento, por ajeno que parezca, repercute en mí. Y que toda decisión, con su consecuencia, también trae expansión de conciencia.
Y esto me lleva a lo que, para mí, es el corazón de todo, aunque aquí ya hablo desde mi propia lectura más que desde una frase literal de la película: siento que Odiseo, en el fondo, nunca volvió realmente. O al menos no volvió el que se fue. El hombre que partió como rey ingenioso ya no regresó. Regresó un hombre con el ego domado, sabiendo que cometió errores, que los pagó, que aceptó su castigo, que los transicionó, y que volvió a reencontrarse con su mujer, con su alma, para volver a sentirse completo. No volvió el que partió. Y esa, justamente, es la victoria.
Sobre las críticas: la belleza, el lenguaje y el hierro
Escuché varias críticas a la película, y quiero responder tres, porque en cada una veo lo contrario de un defecto.
El casting de Helena. Criticaron elegir a una actriz negra para Helena. A mí me parece un acierto, y no por lo obvio. Al elegir a Lupita Nyong'o, Nolan rechaza la Helena decorativa y previsible. En el mito, Helena no es solo «bonita»: es la mujer por la que se libra una guerra de diez años, una belleza tan absoluta que rompe el mundo. Su belleza no es la del catálogo, sino la de lo irrepetible: una presencia que justifica que el mundo entero se detenga por ella. Al romper la expectativa, la elección potencia la idea de una belleza excepcional, irreductible a los clichés. Las críticas al casting revelan, más que un problema de la película, una imaginación empobrecida sobre lo que significa «la mujer más hermosa del mundo».
El lenguaje actual. Dijeron que el lenguaje era demasiado contemporáneo. Yo creo que era necesario para que los mensajes se entendieran, para que el mito llegara. Y no es capricho: Nolan se inspiró en la traducción de la Odisea de Emily Wilson, célebre justamente por su lenguaje directo y actual. Hay toda una corriente seria de pensar cómo traducir hoy a Homero. El lenguaje no aleja el mito: lo acerca.
El vestuario y el hierro fuera de época. Y aquí va mi lectura favorita. Criticaron el hierro, las armaduras que no corresponderían al tiempo del mito. Pero prefiero leerlo de otra manera. La película está tejida de recuerdos, de Odiseo narrando sus propias hazañas. Y la memoria nunca es un registro fiel: es una reconstrucción teñida de dolor y de orgullo. Si solo él ve a Atenea, ¿por qué no habría de ver también sus batallas más grandes, sus enemigos más colosales, su propio brillo más pulido de lo que fue? Quizá no vemos lo que ocurrió, sino lo que Odiseo necesita recordar que ocurrió. Y en un hombre definido por su astucia para narrar, esa exageración no es un error de época: es su verdad. La película misma se encarga de mostrar que lo que la historia recordó como gloria fue, en realidad, matanza. El recuerdo deformado ya está adentro. El hierro, para mí, es parte del mito que Odiseo construye sobre sí mismo.
El viaje que en realidad hacemos
Si algo me dejó esta película es que todo su recorrido cabe en una sola palabra: aceptación. Aceptar el llamado y dejar la comodidad. Aceptar la soledad de no encajar. Aceptar el propio tiempo, la propia etapa, sin adelantarnos. Y, sobre todo, aceptar el error como parte del camino y no como su desvío.
La Odisea de Nolan es, en mi lectura, el viaje del despertar de la conciencia a través de la aceptación: aceptar el llamado (Calipso), aceptar la soledad (Circe), aceptar el propio tiempo (Telémaco) y, sobre todo, aceptar el error como camino (Troya, el mendigo, Penélope). Empezamos creyéndonos ingeniosos, con una idea que parece brillante, y esa misma idea nos atrapa en una espiral de situaciones que no elegimos. Pero cada una de ellas nos moldea. El propósito no se alcanza evitando el sufrimiento ni la equivocación, sino atravesándolos, porque cada consecuencia —por ajena que parezca— repercute en nosotros y expande la conciencia.
Y al final no se trata de volver a casa igual que partimos. Se trata de volver siendo otro. El hombre que partió no vuelve. Vuelve el que se dejó transformar por el viaje. Y solo ese, roto y humilde, puede por fin estar completo.
Las malas decisiones no eran desvíos del camino.
Eran el camino.
Or Makom · Kadmel
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